Consejos para vivir fuera de la Ciudad de México

La semana pasada, mi pareja y yo fuimos a un evento de venta de departamentos en la Condesa, no porque consideremos o podamos permitirnos el hacer una inversión inmobiliaria en dicha zona, sino porque unos familiares, actualmente radicados en Morelia, tienen la intención de mudarse a esta ciudad y nos han solicitado el revisar varias ofertas en su nombre.

Curiosamente, les hubiera ido muy bien estar en el evento al que asistimos, pues para romper el hielo y las posibles tensiones, el agente inició la charla con una especie de monólogo, en el que daba consejos a las personas que decidían mudarse al ex D.F. para que lograran sobrevivir.

La verdad es que entre broma y broma se filtraban varias verdades, como la necesidad de prepararse para pasar hasta dos horas en el transporte o el llevar siempre un libro, una revista o un sudoku, por aquello de que los trenes del metro se detengan indefinidamente.

Mientras escribía un correo electrónico a mis parientes, para contarles cómo estuvo el evento y enviarles fotos de los departamentos, comencé a pensar en el nivel de caos al que debemos acostumbrarnos los capitalinos. Estuve a punto de recomendar a la familia que lo pensaran dos veces antes de tomar la decisión concluyente de mudarse.

Sin embargo, también me puse a pensar en por qué mi pareja y yo no hemos salido de aquí, a pesar de que invertimos buena parte de nuestro tiempo y energías en quejarnos de la ciudad. Creo que además del trabajo, los amigos, las diversiones y otras cuestiones que nos atan a nuestra Chilangolandia, está el hecho de que adaptarse a un mundo de tranquilidad y orden puede ser realmente difícil para quienes nos hemos habituado a operar en las condiciones opuestas.

Recuerdo un viaje que mis padres y yo hicimos a Huatulco y en el que casi sufrimos un shock nervioso, cuando en un cruce sin semáforo, el auto que venía a una velocidad moderada y a una distancia relativamente corta de la esquina donde nos encontrábamos… se detuvo y nos dio el paso. Creo que hasta llegamos a preguntarnos si se detenía, tan solo para acelerar segundos después, cuando estuviéramos justo frente a su carrocería. Después de dos días en el paradisiaco destino, empezamos a aceptar la amabilidad y el civismo de los pobladores, pero creo que no llegamos a perder nuestra clásica paranoia defeña.

Al parecer, también sería necesaria una serie de consejos para mudarse de la capital hacia otros lugares más tranquilos. Estas son algunas de las consideraciones que se nos ocurrieron y que resulta importante tomar en cuenta al salir de este epicentro del caos:

“Lejos” no significa lo mismo fuera de la ciudad

Esto lo aprendí en un viaje a Cancún que hice con una amiga. Ella debía tomar un ferry hacia Cozumel y preguntamos al portero del hotel si podríamos llegar caminando al embarcadero. “¡No, señoritas! –exclamó el señor sorprendido– Está muy lejos; harían como 15 minutos caminando”. Nos limitamos a dar las gracias con una sonrisa y emprendimos la caminata.

En los lugares tranquilos, la tranquilidad se toma en serio

¿El mesero se tardó 10 minutos en tomar tu orden y más de 10 en traerla, aunque tu mesa era la única ocupada? Sí, puede suceder y no hay razón para ponerse histérico. Por increíble que parezca, no en todos los lugares se vive a nuestro frenético ritmo, así que lo mejor es armase de paciencia y, ¿por qué no?, contagiarse de tranquilidad.

Las normas viales que siempre soñaste, pueden ser realidad

Que los autos pasen uno y uno en los cruces o que cedan el paso a los peatones es posible (ya les conté lo que vivimos en Huatulco). Así que no te pellizques para despertar del sueño y mejor disfruta aunque sea de unos días de civilidad.